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Quizás desde nuestra identidad latinoamericana o simplemente por nuestra propia idiosincracia, es cosa de salir a la calle y admirar en cualquier vereda, feria, mercado local e incluso el comercio formal y las grandes tiendas, cómo nuestra estrategia de mercado ha sido, desde hace mucho tiempo, buscar ideas en otros mercados y replicarlas, con una velocidad abismante. Lo que partió siendo una práctica de benchmarking en la moda o la tecnología, hoy es quizás el mayor motor de nuestra economía. Y las pocas ideas que son locales, rápidamente son imitadas por otros, con un nivel de exactitud impactante, que refleja no sólo la falta de innovación de la industria y el mercado, sino también que no entendemos o no le tomamos el peso al concepto de plagio.

Otro tema que se relaciona con nuestra cultura es el apego a lo conocido, quizás como un derivado del respeto a las tradiciones, que nos lleva a mantener esquemas, modelos y políticas en el tiempo, aunque ya no sean del todo efectivas. Es así como nos ha costado abrirnos a nuevos modelos de servicios, desde la digitalización, el cambio de plataformas de servicio e incluso la posibilidad de introducir nueva competencia en el mercado que pudiera levantar los estándares, en sectores tan sensibles pero también cuestionados como el transporte público y otros.

Pero mi intención no es hablar de aspectos éticos y tampoco de modelos económicos, sino más bien de una realidad absolutamente distinta que se relaciona a nuestra vida cotidiana y que me sorprende positivamente por el potencial que muestra de quienes participan. Para mi sorpresa, gracias a la masificación de la tecnología, he podido constatar que el chileno promedio se mantiene más informado que antes de la contingencia nacional e incluso internacional, aunque de una forma poco tradicional: los memes, esas imágenes que se viralizan en segundos, nos regalan una pausa en el día y terminan colapsando las memorias de todo smartphone. Si bien estos elementos visuales tienen algunos detractores -fundamentalmente por el límite del humor, tema tan contingente en el último tiempo-, me impresiona que sacan lo mejor del chileno, eso que en lo cotidiano no mostramos: la creatividad y la productividad. He llegado a pensar si los autores acaso podrían ser un grupo de desempleados que escapa a los estudios públicos oficiales, porque no me explico en qué parte de su jornada laboral pueden hacerlo, considerando que la mayoría surge instantáneamente con la noticia, generalmente en jornada diurna.

¿Qué pasaría si canalizáramos mejor esa creatividad y productividad, redirigiéndolas al trabajo de cada uno, ya sea como empleado o independiente? La experiencia entrevistando personas de diversos perfiles nos deja algunos denominadores comunes: sensación de estancamiento, rutina, dependencia de modelos ya definidos o ya exitosos. Pero la realidad es que si bien existen pocos emprendedores y creativos locales, algunos de ellos han conseguido no sólo aportar al desarrollo de la industria, sino dar empleos y conseguir visibilidad incluso a nivel internacional. Y lo interesante es que Chile es uno de los países más favorables a nivel internacional para emprender, dado los recursos monetarios y de asesorías a nivel estatal e incluso a nivel privado. Si pudiéramos conciliar las habilidades que no ocupamos a diario con este ecosistema de innovación, estoy segura que podríamos acelerar el desarrollo del país, así como también poder mejorar la oferta de productos y servicios a los ciudadanos.

Andrea Fuenzalida, Gerente de Evaluación de SommerGroup